sábado, 31 de octubre de 2015

Diario de viaje de hachaytiza: Experiencia Biblioteca solidaria (3)

Tercera parada: Rocha


La mañana abrió con una niebla espesa y la amenaza de lluvia estaba en todos los pronósticos. Sin embargo, al decir de Graciela -la maestra del CEIMER*- la Pachamama sopló las nubes, y un poco de sol salió para abrir la tarde.

En la mañana y hasta avanzado el mediodía estuvimos en la escuela 75 de tiempo completo, ubicada en las afueras de la ciudad de Rocha, a pocas cuadras de la intersección de las rutas 9 y 15.



Una escuela que tiene pocos años de construida, muy linda en sus exteriores, pero con poco espacio en los salones y sin un local multiuso para actividades culturales, etc. De hecho, el comedor -éste sí muy amplio- se destina también a otras actividades y fue allí donde realizamos las entrevistas a varias madres y un padre que se acercaron a compartir sus impresiones sobre la lectura y los libros.

Paola, la maestra referente, tenía organizado todo el plan de rodaje con las iniciales entrevistas a miembros del equipo comunitario lector y a escolares de distintas clases.

Fue una jornada intensa, muy participativa, donde una vez más nos queda clara la importancia del maestro y la familia en los hábitos de lectura de los niños. 


Muchos padres confesaron haber perdido su hábito de lectura. Tal vez la mayoría siga sin leer pero algunos la retomaron y están siendo conscientes de la importancia que tiene para la vida de los chiquilines.

Juliana, una madre integrante del equipo comunitario lector, leyendo en una clase.
En la clase de Paola estuvo bueno ver una cartelera donde tenían un ranking mensual del mejor libro de cada mes, y cómo la biblioteca no es algo intocable y ajeno como era la biblioteca en la época en que nosotros íbamos a la escuela pública.
Y aunque hace muchos años de aquellos tiempos, todavía se ven adultos que no le acercan a los niños los libros "porque se rompen", diciendo que los guardan para "cuando sean grandes": o sea, para cuando sientan al libro como algo totalmente ajeno, que les sea indiferente, y entonces ya no tengan ningún interés en ellos...
Incluso algunos padres todavía siguen utilizando al libro como elemento de castigo: una penitencia es ir a leer.
Lo gracioso, como nos dijo una niña a la que a veces la mandan a leer como penitencia, es que le gusta...



* De tarde estuvimos en el CEIMER: Centro Ecológico Integrado al Medio Rural, que junto con otros dos (uno en Canelones y otro en Maldonado), constituyen los únicos centros educativos de ANEP de estas características.
En particular este centro, conformado por un equipo de apenas cinco personas, recibe durante el año a escuelas de distintos puntos del país en régimen de jornada diaria o de pasantía de 4 días.


Durante esos días realizan actividades dentro del Centro: huerta orgánica, lombricultivo, piscicultura, cría de animales, depuración de aguas residuales, activación de microorganismos eficientes, invernáculo, etc, así como también visitas turísticas por la zona: desde conocer el mar por primera vez para muchos niños, a visitas al Cabo Polonio, la fortaleza de Santa Teresa, laguna de Rocha, etc.





En el predio, tienen un parque de flora autóctona, y también un predio plantado con árboles frutales.


Al equipo se ha incorporado Cecilia Paseyro añadiendo la lectura y la biblioteca a las actividades del Centro.

 

Muchas escuelas que llegan, escuelas de contexto crítico, vienen con niños que jamás salieron de su casa, que no conocen otro lugar más que aquel donde viven, donde muchos no tienen su cama donde dormir u otras necesidades elementales que no imaginamos puedan faltar en Uruguay.

Desde hace rato se viene hablando de crisis en la educación, diagnósticos y planes que no se concretan. Y pensando en las características del Uruguay siempre nos preguntamos y aún no logramos contestar:

¿Por qué, siendo el Uruguay un país agro exportador, la educación ha estado siempre tan divorciada de lo que es la actividad rural?
Es curioso. Ya que el suelo y su ganado es, por ahora, la máxima riqueza que tiene el país. Sin embargo la mayoría de los uruguayos no sabemos nada de campo ni de ganado.
No sólo eso.
Nos hemos encontrado por ejemplo con un grupo de mujeres rurales en el interior profundo de Tacuarembó que nos contaban cómo no sabían siquiera plantar una papa, una lechuga, y vivían comiendo fideos y panchos que le compraban al almacenero de la zona.
Hace poco el Observador publicaba una carta de una española preguntándose por qué en Uruguay sale más caro un kilo de papas que un litro de nafta.
No es que pretendamos que todos los uruguayos se transformen en productores de papas, agricultores o productores ganaderos. Pero observamos que el sector donde en el Uruguay está la riqueza, parece ser un área que conocen y en la que trabajan muy pocos. Y las escasas veces que se realizan planes vinculados a la producción agrícola familiar, son apenas para sobrevivir y no para desarrollar economías verdaderamente sustentables.
La pregunta que da inicio a este párrafo sigue en pie. Y hasta ahora no encontramos ninguna respuesta.

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