sábado, 19 de abril de 2014

El acto de matar. Una película imprescindible; una experiencia única, quizás irrepetible.

por Daniel Amorín

El artículo Un engendro anda suelto intenta dar luz acerca del género documental y su ética.
De acuerdo a lo que allí se dice, para un documentalista de raza acaso no haya un sueño mayor que obtener ante cámara revelaciones que él mismo desconocía, que surjan durante la propia filmación, y, ya en un paroxismo de sueño y utopía, que la realidad se transforme ante sus ojos (y el de su cámara), que algo cambie de golpe y que él esté allí para documentarlo en ese preciso instante.
Utopía digo, porque sabemos que las grandes revelaciones se producen off the record, que la maravilla aparece cuando la cámara se apaga.

Pues precisamente este paroxismo de “utopía documental” es la que le tocó en suerte a Joshua Oppenheimer, el realizador de “El acto de matar”.
Ver este documental significa vivir una experiencia única, irrepetible, descomunal.

Fotograma de "El acto de matar", de Joshua Oppenheimer
Entre 1965 y 1966 la dictadura indonesa asesinó entre un millón y dos millones y medio de personas, presuntamente comunistas. En 2012 el norteamericano radicado en Dinamarca
Oppenheimer, entabla relación con algunos de aquellos verdugos hoy septuagenarios u octogenarios, quienes no sólo no están arrepentidos o prefieren no hablar de sus ejecuciones, sino que se sienten orgullosos de haberlo hecho y desean narrarlo y hasta representarlo para que permanezca en la memoria de todos.
Oppenheimer no se topa con este milagro por azar o casualidad.

A lo largo de tres años, intenta infructuosamente hacer un documental convencional: narrar el genocidio a partir del testimonio de víctimas sobrevivientes. Pero las presiones para que la película no se realice son muchas y el proyecto se estanca. La idea genial se le ocurre a una de las víctimas: “lo que los ganadores no quieren es que nosotros contemos la historia, pero ellos estarán dispuestos a contarla, porque sienten orgullo de su obra”. Lo que quizá este indonesio no sospechó es cuán dispuestos estarían.
A esta altura cabe aclarar que esta idea es posible porque aún hoy en Indonesia estos gangsters y mercenarios son héroes nacionales, y la impunidad es tal que ni siquiera el vocablo aparece en su diccionario.

Oppenheimer no sólo conversa con mercenarios y mafiosos antiguos y actuales, no sólo le cuentan con lujo de detalle cómo torturaban y asesinaban, sino que son ellos los que quieren hacer su propia película, y Oppenheimer es el instrumento para que ellos den rienda suelta a su creatividad para contar su historia, creatividad que ya habían demostrado a la hora de encontrar soluciones pragmáticas -como los nazis con el exterminio judío- para llevar a cabo semejante carnicería.

El corolario es una película dentro de otra: el documental de Oppenheimer, que obtiene los testimonios narrados por los propios verdugos y documenta el proceso de filmación de la otra película; y esta otra ficción que él mismo filma, siguiendo las directivas de los mercenarios y gangsters contando su propia historia.

El resultado es una película alucinante, con revelaciones de un cinismo y una ausencia de moral acaso nunca vistas, y con escenas propuestas por estos viejos héroes de guerra que llegan a parecer surrealistas.

Podría pensarse que esta mezcla de ficción y documental atentaría contra esa ética a la que me referí al principio. Todo lo contrario. Oppenheimer toma incluso la precaución de mostrar a sus entrevistados lo que está haciendo, y ellos aprueban delante de cámara sus más estremecedores testimonios y recreaciones. Y la forma en que Oppenheimer saca provecho de esta inverosímil realidad lo revela como un documentalista de raza, capaz, entre otras cosas, de comprender que en este caso y contra todo manual, hacer una ficción a pedido de parte interesada, termina siendo la mejor y más ética manera de hacer su documental.

Acaso algunas larguezas -más que comprensibles, dado lo fácil que resulta imaginar la cantidad de testimonios y escenas fascinantes que habrán sido descartadas en la sala de montaje- pueden impedir catalogar a esta película de obra maestra. Pero sin dudas es una película 10, excelente.

Y lo es, además, porque Oppenheimer no se conforma con todo lo descrito, sino que también consigue un milagro por demás infrecuente: que su protagonista, asesino profesional, sufra ante cámara una transformación tan impensada como inolvidable. Pero para saber de qué se trata, hay que ver la película.
Aquí el link: El acto de matar

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